miércoles, 16 de marzo de 2016

Eduardo Galeano

Ya llevo tres, o cuatro, no sé,  Eduardos hechos, todos diferentes, todos únicos, ninguno igual al otro. "¡No soy ese Bicho!" dijo una vez. Pero cuando las musas no vienen, o cuando la rutina quiere acomodarnos a su silla, aparece de nuevo. Como en Piriápolis, mientras transcurría una tarde tediosa me dijo: "¿Me dibujas?" y en una silla vacía frente a mi estaba él, sentado, fugaz, profundo...
"Yo escribo para quienes no puedan leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué.
Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asís, en Italia. Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie. Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera. Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta. Hicieron su tarea entregándose enteros, con todo, con alma y vida; y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala.
Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos."
Eduardo Galeano







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